lunes, 6 de mayo de 2013

Merzouga



Si vas a vivir a Marruecos  tendrás que ir a Merzouga. Es igual que te apetezca o no. Si no vas no se creerán que hayas vivido en Marruecos o te tomarán por alguien raro.

Merzouga para los que van a vivir a Marruecos es el desierto.

Te recomiendan ir en primavera o en octubre. Aunque cada vez hay más europeos que van a pasar el fin de año por lo de sitios exóticos o para poderlo explicar porque es verdad que pasar el fin de año en el desierto debe tener su magia.

Si el punto de partida es Rabat, deberás tomar la carretera hacia Fés. Si vas en primavera lo primero que te sorprenderá es ver a pié de carretera unas pirámides de bolas irregulares cubiertas de tierra. Si paras y preguntas te dirán que son trufas y que cuestan 20 euros el kilo. Si las compras, cosa que no podrás evitar, cuando llegues a casa comprobarás que no son exactamente como tú las imaginas pero a este precio no hay sorpresas. De ti dependerá sacarles más o menos partido, pero aviso, cuesta encontrarles el sabor esperado.

Siguiendo el camino pasarás por Azrou, la capital del cedro. Poco que ver a menos que quieras hacer excursiones a pié para ver los frondosos bosques. 

Para comer procura parar en Zaida. Recuerda a aquellos sitios que había en España antes de construir las autopistas y en los que todo el mundo paraba a comer. El pueblo no tiene nada más que una inmensa retahíla de puestos a uno y otro lado de la carretera con los corderos colgados y al lado, rudimentarios restaurantes con brasas para prepararlos. Tú eliges la parte y ellos te la prepararán a su punto que siempre es más bien hecho que crudo.  Detenerse en Zaida para comer es una tradición  que no deberías saltarte.

Llegarás a Midelt, famosa por sus manzanas, por la amabilidad de sus gentes y por estar rodeada de altas montañas en pleno Atlas. Te explicarán que nieva en invierno, que hace mucho frío, que todos tienen reuma y artrosis y que van a Merzouga a hacer baños de arena en verano, que es lo único que les alivia.

Al bajar hacia el desierto pasarás por Er-Rashidia donde lo más importante es el nombre y la arquitectura. Sobre el nombre te explicarán que hace muchos años, los peregrinos de la región que iban a La Meca eran acogidos por la familia de los alauitas, descendientes del Profeta. Un día, un grupo de ellos le pidieron al jefe de la familia, Mulay el-Kassim, que uno de sus hijos fuera su guía espiritual. Éste, reunió a sus siete hijos y les preguntó “si alguien te hiciera daño, ¿cómo reaccionarias?”. Seis de ellos respondieron apelando al honor y a la venganza. Sólo el menor, Hassan, respondió “yo le haría el bien hasta que mi bien venciera sobre su mal”. De esta manera y por esta respuesta fue elegido para acompañar a los peregrinos marroquíes hasta Tafilalet y ser su guía espiritual. Cuatro siglos más tarde, en 1.666, su descendiente Mulay Rashid sería el primer alauita en reinar en Marruecos. Hoy la dinastía alauita vuelve a reinar en Marruecos con Mohmed VI. En 1.979 esta joven ciudad recibió el nombre de aquel primer sultán alauita.

Sobre la arquitectura señalar que no hay construcciones en altura, que los colores son ocres, que está toda amurallada, llena de jardines  y que es un ejemplo de urbanismo bien hecho. Dan ganas de quedarse por su armonía aunque la ciudad sea relativamente reciente.

Después viene Erfoud, la capital de los dátiles. Son de un tamaño considerable, de piel brillante y te los venderán en cajas de dos kilos. Muy alimenticios y probablemente el mejor acompañamiento para un buen té a la menta.

Te ofrecerán jarabe de dátil, mil y un medicamentos naturales a base de dátil que curan casi todas las enfermedades y café hecho con huesos de dátil tostados. El vendedor con una sonrisa te dejará caer que “los dátiles son la viagra de los bereberes”.

En octubre se celebra en la localidad la Feria Internacional del Dátil pero no es fácil concretar si cada año eligen a una reina del dátil.

Al final llegarás al oasis de Merzouga que es a donde querías ir, a donde empiezan el desierto y las dunas del Erg Chebbi. Detrás la nada, la inmensidad del desierto.

Te contarán que las dunas son el castigo de Dios a los habitantes del oasis cuando hace muchos años rehusaron acoger a una mujer y a sus hijos mientras celebraban una fiesta. Una gigantesca tormenta de arena cubrió al pueblo para siempre. Dicen que de vez en cuando se oyen gritos del fondo de las dunas. Son los antiguos habitantes que piden perdón.

Deberás alojarte en “Alí, el cojo” (www.alielcojo.com) que es donde se alojan  los españoles. No hay lujos, pero no falta nada y te encontrarás como en familia. Te informarán de todo y te organizarán lo que quieras pero sin agobiarte. Si tienes suerte hasta podrás desayunar pan con tomate y jamón que deberás cortártelo tú de una esplendida pata que preside el comedor desde primera hora de la mañana hasta que se acaba. Las cervezas o el vino te los tendrás que traer en el coche. Ellos ponen la nevera.

Cada vez que les des prisa te contestarán “Un hombre con prisa es un hombre muerto” lo que en el desierto probablemente sea verdad.

Tendrás que subir a lo alto de una duna para ver el alba o la puesta de sol. En poco rato descubrirás todas las gamas de colores desde el rojo hasta el ocre. Una auténtica sinfonía cromática en silencio y en medio de la inmensidad. Cruza los dedos para que no haya nubes en el horizonte que estropeen el espectáculo.

Podrás ir en camello o pernoctar en una jaima. Pero te aviso, también es un paraíso para los motoristas y el ruido de las motos pueden romper el encanto.

Y si es en verano, te recomendarán los baños de arena. Consisten en enterrarte de cintura para abajo o más si te atreves, en la arena caliente. Tú decides cuanto tiempo. Y luego te cubrirán con una manta y deberás beber mucho té a la menta. Esto varias veces al día y durante tres días explican que es ideal para el reúma e incluso para adelgazar.

Para el regreso ten cuidado. Alguien con buena intención te sugerirá que regreses por Marrakech y salvo que tengas varios días o te guste mucho conducir, harás bien en evitarlo porque te encontrarás con más 120 kilómetros de curvas para cruzar la inmensa y tortuosa cadena montañosa que es el alto Atlas.

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