lunes, 23 de febrero de 2015

La excepción marroquí.



 Oirás hablar y poco a poco te irás familiarizando con la expresión que hace referencia a “la excepción marroquí”. Viene a decir “somos diferentes”, “tenemos nuestra propia identidad y nuestro propio camino” y apela al sentimiento nacionalista y al patriotismo. Esto siempre funciona.

Hassan II fue el primero en utilizar esta expresión con motivo de la revolución en Irán y el acceso al poder de los Ayatolas. Su idea era la de tranquilizar a  Occidente y trasladar la imagen de que Marruecos era otra cosa, un país estable  con una monarquía estable,  en el que no cabía el integrismo religioso.

La excepción marroquí es una frase feliz de comunicación política, tiene un evidente interés propagandístico, presenta  una carga positiva, siempre está referida a los países de su entorno musulmán y va dirigida a los amigos de occidente.

Después fue especialmente utilizada con motivo de los atentados del 11 de septiembre del 2001 para poner de manifiesto el carácter moderado y pacifico de la religión así como la ausencia de extremismos en el seno de la sociedad marroquí.  Lástima que los atentados  en Casablanca del 16 de mayo de 2003, que sorprendieron a todos, dejase en entredicho la tan aireada excepción marroquí.

Vuelve a aparecer  con la primavera árabe. En un entorno de revoluciones y contra revoluciones en la región que afectan a Túnez, Libia, Egipto, Siria y Yemen, la excepción marroquí hace referencia a una monarquía estable y popular, comprometida con las reformas políticas y sociales y con un sistema de partidos que le otorga legitimidad.

En Europa, en EEUU y en ambientes empresariales gustan de hablar de la excepción marroquí.

Dicen que descansa en tres pilares: un régimen monárquico consolidado desde hace siglos, una población multiétnica y variada pero uniforme en lo religioso y una geografía que le sitúa en el extremo del mundo musulmán pero que es a la vez un cruce de civilizaciones.

Desde el punto de vista geográfico es verdad que está en el confín del mundo islámico por donde se pone el sol, que después solo hay el inmenso océano, que es el puente entre dos continentes, que es la puerta de África y que el duro desierto en sus límites le imprime un carácter especial.

Desde el punto de vista de la población es verdad que es un mosaico de tribus con  bereberes y árabes por la que han pasado  los romanos, los cartagineses, los portugueses, los españoles y los franceses. Y desde el punto de vista religioso, aunque oirás hablar de la pacífica convivencia de cristianos, judíos y musulmanes, la verdad es que el islam es hegemónico y se ha consolidado como su principal seña de identidad probablemente por ser la frontera con España y con su cristianismo radical que ha marcado gran parte de su historia.

Desde el punto de vista de la monarquía conviene no olvidar que es la más antigua del mundo árabe-musulmán, que  viene del siglo VIII con Moulay Idriss cuya legitimidad proviene de su ascendencia cherifiana, es decir, descendientes del profeta. Que tanto la dinastía almorávide como la almohade descansan en una profunda impronta religiosa y que los alauitas, que reinan actualmente, también descienden del profeta.  Aquí hay que recordar que el poderoso imperio otomano que se extendía en su mayor esplendor desde Estambul hasta Alger nunca llegó a gobernar en Marruecos, lo que permitió la consolidación de una fuerte identidad nacional marroquí por oposición a los turcos.

También hay que valorar que el protectorado francés, bajo la impronta especialmente sensible y culta del mariscal Lyautey, supo mantener la monarquía con sus tradiciones hasta el punto de ser el único país francófono que al ganar la independencia, lo hace como reino con su soberano Mohamed V legitimado por su compromiso con el movimiento independentista que le costó el exilio primero en Córcega y después en Madagascar. Nada que ver con Argelia, Túnez, Libia o Mauritania ni con los tradicionales valores de la revolución francesa. Marruecos es otra cosa.

Y por último está el Markhzen, una especificidad más de Marruecos. Es la administración del sultán, el gobierno en la sombra. Literalmente quiere decir granero o almacén y era donde las tribus depositaban sus impuestos o recolectas para financiar el gobierno del sultán. Está conformado por la élite del país, formada en el extranjero, especialmente capacitada y es quien toma las grandes decisiones. De forma discreta pero hábil, sutil y eficaz dirige el país. No se ve pero se siente, no se oye pero se nota. Sabes que está, que te protege y que se preocupa por el futuro de todos. Hay quien dice que todos somos o formamos parte del Markhzen.

Como dicen los especialistas todos los países tienen sus excepciones y sus particularidades pero es cierto que en Marruecos han hecho todo un mito de sus diferencias y singularidades.

También hay quien al oír hablar de la excepción marroquí sonríe y te dice que la verdadera excepción es las altas tasas de analfabetismo, el desastroso estado de la sanidad pública y la corrupción generalizada en los diversos niveles de la administración. Pero ya se sabe que cada cual ve las cosas a su manera.

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